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Un merecido tributo

ELISARDO

“Mi padre me ha transmitido su vocación médica y odontológica, su gusto por la preparación científica y el insustituible valor del trabajo”.

MI PADRE

“Toda la vida ha sido para mí un referente, el ejemplo más estimulante de que la constancia, la preparación y el buen hacer siempre dan sus frutos”.

ANA MARÍA

“De mi madre he aprendido la importancia del compromiso, la sensibilidad y el entusiasmo cotidiano”.

MI MADRE

“Me ha enseñado que cada persona es única e irreemplazable, así que hay que atenderla y escucharla no solo con los oídos, también con el corazón”.

Un merecido tributo

Todos somos únicos. Cada persona nace con un temperamento, desarrolla un carácter y se forja una personalidad diferente a cualquier otra en función de su individualidad genética y de sus experiencias e influencias familiares, escolares y sociales. No hay dos personas idénticas; en consecuencia, todos somos insustituibles.

No es habitual, en nuestra sociedad, rendir tributo a todas esas personas que nos han estimulado, impulsado y ayudado a ser la mejor versión posible de nosotros mismos. Este contenido cumple, precisamente, esta función: identificar y agradecer públicamente a las dos personas que más han contribuido a hacer de mí, el doctor Juan Pablo Pardos, el hombre y el profesional que vosotros conocéis.

Sin mi padre —Elisardo Pardos Bauluz— y sin mi madre —Ana María Sancho Martínez— yo no existiría. Sin el ejemplo permanente y vívido de sus enseñanzas, su comprensión y su cariño, jamás habría llegado a ser como ahora soy.

El padre de la sabiduría

Elisardo se licenció y doctoró en Medicina en la Facultad de Zaragoza, antes de licenciarse en Estomatología en la Universidad Complutense de Madrid. Es un hombre de ciencia: un espíritu curioso, observador y metódico que siempre ha trabajado con ímpetu y constancia para alcanzar sus metas. Ganó la plaza de médico titular en la ciudad de Soria tras unas exigentes oposiciones, y permaneció en esta capital durante una década, compaginando su función de médico general en la Seguridad Social con la de decano de la beneficencia. Siempre se desenvolvió en su actividad profesional con esfuerzo, entrega, alegría y humildad, poniéndose al servicio de sus pacientes con tanto rigor y precisión científicos como sensibilidad humana.

Finalizado este periodo por decisión propia, pidió la excedencia y se trasladó con su familia a Zaragoza, donde abrió una clínica de ortodoncia a la que se dedicó en cuerpo y alma. Cabe decir, en este sentido, que mi padre fue pionero en Aragón e introdujo en esta tierra la ortodoncia moderna. Trató con gran éxito más de 10 000 casos, convirtiéndose en uno de los especialistas más reconocidos de España.

Sin desatender a su familia, que siempre fue el epicentro de su vida, aún tuvo la capacidad de pertenecer a numerosas sociedades científicas e, interesado como siempre ha estado en las investigaciones históricas, publicar un centenar de artículos, uno de ellos prologado por D. Fernando Lázaro Carreter, quien llegó a ser presidente de la Real Academia de la Lengua Española.

Gracias a su ejemplo, sus valores, su aliento y su respaldo, descubrí mi vocación profesional y he compartido con él ese germen emprendedor que me impulsó a crear este centro médico. Él me ha enseñado que la ciencia, y el saber, pueden convertirse en una forma de vida al servicio de los demás.

La madre del corazón

Nunca fue más apropiada esa frase mítica de que detrás de un gran hombre hay siempre una mujer excepcional. Ana María, mi madre, fue capaz de respaldar a mi padre en su dilatada trayectoria profesional al tiempo que sustentaba, consolidaba y dirigía el ámbito familiar que ambos crearon. Tuvieron cinco hijos, yo soy el cuarto de ellos.

Los que hemos sido padres sabemos qué exigente resulta la educación de los hijos. Precisa dedicación, conocimientos, intuición, entrega, máxima disponibilidad. Y, sobre todo, requiere dosis infinitas de paciencia, comprensión, sensibilidad y cariño. Mi madre siempre ha sido ese faro resplandeciente sobre el que pivotan los lazos familiares, iluminador y referencia, un aporte inagotable de equilibrio para el grupo y para cada uno de sus miembros. Mi madre, que sigue regalándonos siempre una palabra o un gesto de respaldo, nos ha enseñado a amar sin contrapartidas, a aceptar y querer a las personas tal cual son, precisamente por ser ellas. Su capacidad de escucha y anticipación, su instinto, su afectividad, su entereza y su entusiasmo siempre me han llenado de energía. Ana María ha sido la ingeniera, la empresaria, la gerente y la principal trabajadora de ese núcleo familiar en el que se inició mi vida.

Sigue siendo, en consecuencia, una influencia imprescindible en el desarrollo personal, emocional, intelectual y volitivo de cada uno de sus hijos. Un referente indispensable para descubrir que la sensibilidad mueve el mundo, porque poner el corazón en cuanto hacemos nos permite avanzar hacia la felicidad por el camino de la autorrealización.

Llegados a este punto, solo puedo deciros, Elisardo y Ana María —papá y mamá—, que Centro Médico Palafox nunca habría existido sin vosotros. En mi nombre, y sin dejar de pensar en mis pacientes, muchas gracias por todo. De corazón. Por siempre y para siempre.

 

Juan Pablo Pardos


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